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EL ZOOLÓGICO DE CRISTAL: Personajes histriónicos a punto de romperse



Fotos: Darío Castro

Por Kerim Martínez/Al escuchar la palabra “histrionismo”, vienen a la cabeza los ademanes exagerados que un actor hace para llamar la atención de un espectador en una sala teatral. Sí, los actores son histriónicos por naturaleza y hacen lo imposible para que su trabajo sea admirado y aplaudido por el público: magnifican la voz, los gestos y movimientos para que su expresividad abarque todas las butacas del teatro sin la necesidad de un primer plano o zoom (como sucede en el cine) que capte el detalle más minúsculo de su actuación. Esta práctica ha funcionado a través de los siglos y no está peleada con la verosimilitud del trabajo del artista.

En la mayoría de los casos, el actor es el histriónico, no el personaje. En cambio, con el dramaturgo norteamericano Tennessee Williams sucede algo peculiar: desde el texto dota de histrionismo a ciertos personajes.

El ejemplo más evidente de Williams es el de Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo (1947). De todos los caracteres de la obra, Blanche está en una constante lucha por sobresalir, quiere hacerse notar con cada uno de los que interactúa y, como se dice vulgarmente en teatro, “robarles foco”. Vivien Leigh la interpretó en cine (1951) y fue galardonada con el premio Oscar; sin embargo se alabó más la actuación de Marlon Brando; la crítica feroz llegó a decir que Leigh estaba sobreactuada para la experiencia cinematográfica, sin aclarar que esta exageración era parte del personaje creado por Williams. Años después, Cate Blanchett recibió la famosa estatuilla por interpretar a Jazmin (Blue Jazmin, 2013) al hacer una profunda revaloración de las características psicológicas de un personaje tan complejo como el que interpretó Leigh años atrás.

Actualmente, se encuentra en cartelera el primer gran éxito de Tennessee Williams: El zoológico de cristal (1944); bajo la dirección de Diego del Río y la producción de La Rama De Teatro, Bh5, Zensky Cine y Óscar Uriel.

La trama se sitúa en Estados Unidos (St. Louis) en la época de la Gran Depresión y aborda la historia de una familia que trata de salir adelante a pesar de que pareciera que todo está en su contra. Tom y Laura viven bajo el yugo de su madre, Amanda Wingfield, una mujer “histriónica” obsesionada por los momentos gloriosos vividos en el pasado, que anhela que las cosas vuelvan a funcionar y para salir adelante pone toda la presión sobre su hijo Tom.
Éste sueña con ser escritor pero debe conformarse con trabajar en un almacén para sacar algo de dinero. Entre sus planes se encuentra ingresar al ejército y así escapar para siempre. Por su parte, Laura es una joven cohibida y frágil que abandona sus clases de mecanografía y colecciona figurillas de cristal. Ella tiene un defecto físico en la pierna que hace que se aparte definitivamente del entorno social. Su madre desea verla casada y le pide ayuda a Tom para que esto pueda suceder. Tom invita a cenar a su compañero de trabajo, Jim, un hombre apuesto y muy carismático, a quien Laura admiraba en la escuela.

Se sabe que Williams imprimió en esta obra cuestiones autobiográficas. Bautizó a su personaje como Tom (su verdadero nombre) y él mismo vivió como vagabundo a finales de los años treinta. En 1943, a su hermana Rose le practicaron una lobotomía frontal que impidió que volviera a tener una vida normal. Su madre fue una mujer posesiva y neurótica como la misma Amanda.

El reparto de la puesta mexicana está encabezado por Blanca Guerra (El jardín de los cerezos, Agosto, ¿Quién teme a Virginia Woolf?) que interpreta a la madre. Guerra es perfecta para un personaje de Williams y se nota, desde la primera escena, que éste lo construye con especial cariño. Capta muy bien las características del trastorno de personalidad (histrionismo) que sufre Amanda: la necesidad de llamar continuamente la atención a través de su comportamiento; se vuelve exageradamente seductora a tal punto que llega a crear una caricatura del rol tradicional de su sexo; vive atrapada en una absurda fantasía romántica que llega a desquiciar a quienes no comprenden ese mundo sensible de sombras y espejismos creado por ella (pero incluso en ese caso, tal desquiciamiento atrae). Tiene una preocupación excesiva por la apariencia física, al grado de ponerse un vestido que usaba en la juventud; culpa a sus hijos de los fracasos o decepciones propias y los manipula para lograr sus objetivos; demuestra su dramatismo sin tapujos y las emociones que manifiesta no corresponden necesariamente con la realidad. Sobre el escenario se encuentra una actriz que se arriesga sin temor a ser juzgada por “sobreactuar” porque sabe que así se lo ha pedido su personaje. Su mayor arma de seducción es ser “histriónica” desde su aparición hasta la última escena. Confía en un director que la lleva de la mano y le da su lugar. Juntos recorren un camino psicológico complejo y crean un trabajo de primer nivel digno de verse y de aplaudirse.

Pedro de Tavira Egurrola da vida a Tom, un joven inadaptado y siempre insatisfecho. El actor construye un personaje sensible que logra empatizar con los espectadores, sobre todo con los más jóvenes, aquéllos que en 2018 están llenos de sueños pero no saben cómo hacerlos realidad. Lo lleva al límite, sin caer en el melodrama, aunque parezca no existir salvación para él. Valdría la pena que atendiera la proyección de su voz porque en ocasiones ésta no llega hasta las últimas butacas, a pesar de contar con microfonía inalámbrica.

Laura es encarnada por Adriana Llabrés. Quizás sea el personaje más difícil de hilvanar pero la actriz sale bien librada; pone particular énfasis en la ternura de la joven y la convierte en una gran observadora de lo que sucede (aunque no siempre interactúe); está pendiente de cada detalle pero los demás piensan que se encuentra sumergida en su mundo ideal. Su transformación hacia el final de la obra es sobresaliente, cuando, a la luz de las velas, se deja acariciar por las palabras de Jim O´Connor. Este último corre a cargo de Mariano Palacios (alternando con David Gaitán), que recrea ese ideal de progreso norteamericano. Palacios cae bien desde que pisa el escenario: su papel es breve pero sólido y logra cautivar con su voz, su físico y su talento. Al ser el personaje más asentado en la realidad, hace que los otros tres reafirmen su patetismo; también orilla a que todos los presentes en el teatro se vayan devastados a sus casas para pensar en la fragilidad de su existencia.

La producción es impecable. La escenografía (Jorge Ballina) muestra un espacio no realista con colores estridentes, un lugar descuadrado al borde del colapso donde los personajes podrían caerse en cualquier momento, pero nunca sucede porque es su hábitat, su refugio. La propuesta se cobija con la iluminación de Víctor Zapatero: utiliza en su mayoría tonalidades ámbar que en ocasiones dan el efecto de un infierno habitado por tres personajes que a su vez miran una vitrina enmarcada con luz fría: un mini escenario con figuras de vidrio. Definitivamente, es un espectáculo visual además del carácter utilitario que posee.

Iniciando sus treinta, Diego del Río es uno de los directores más prolíficos de nuestro país. Su teatro es pulcro y elegante: lo ha demostrado en obras como Masterclass, El chofer y la Sra. Daisy y Wit. Otras de sus propuestas han buscado involucrar activamente al público de manera exitosa como Tribus (escenificada en una casa habitación) y Entonces bailemos (representada en el cuarto de un hotel). A su vez, sorprendió al adaptar y dirigir Proyecto Vanya (El tío Vanya) y La Gaviota, obras clásicas de Chéjov. Con El zoológico de cristal, Del Río se consolida como un director capaz de brindar una nueva lectura, dotada de ingenio y respeto, a un clásico norteamericano que da como resultado una historia digerible en la época actual en un país como el nuestro. Repite la experiencia de dirigir a algunos actores (Guerra, Llabrés y Palacios) y es para celebrarse porque presentan al público un trabajo más firme que los anteriores.

Afortunadamente, Blanca Guerra movió los hilos necesarios para que esta obra regresara a los escenarios mexicanos. La última versión surgió del taller de José Luis Ibáñez en 1987; fue dirigida por Juan Morán, producida por Federico Lezama y la escenografía estuvo a cargo de David Antón. Celebraron 420 representaciones en cuatro espacios: Foro Gandhi, Foro Contigo América, Foro de la Conchita y Teatro La Capilla. Contaron con las actuaciones de Carmen Vera (Amanda), José Muradaz (Tom), José Acosta (Jim) y Leticia Montaño, Elizabeth Arciniega, Sarelba Casillas y Wendy Vega (Laura). Develaron placas personalidades como Héctor Bonilla, Silvia Pinal, Rafael Solana, Jacqueline Andere, Ana Bertha Espín, entre otros. Por el momento este nuevo montaje presenta una breve temporada en el Teatro Helénico. Ojalá que posteriormente reciba el apoyo de las instituciones y del público para que tenga larga vida.

Con El zoológico de cristal Williams y Del Río nos remarcan que vivimos en un mundo despiadado donde no hay oportunidad de redención para casi nadie. En este microcosmos a punto de romperse el destino de los personajes está marcado por la frustración y por la imposibilidad de ser felices a pesar de que lo deseen.

Para más información sobre esta obra aquí. 

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