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EL OGRITO: Un mar de imágenes y emociones



Foto: Estudio Alos & Ponce

Por Luis Santillán/ Suzanne Lebeau escribió en 1997, El ogrito. En México se estrenó en el 2003. Para muchos ese es un cisma en el teatro infantil de este país, según los gustos y las posturas, tal aseveración podrá tener validez o no, lo innegable es la aportación de la obra de Lebeau en la forma de pensar y crear el teatro dirigido a jóvenes audiencias.

Arcelia Ramírez y Alejandro Calva fueron el elenco en la puesta en escena de hace 15 años, ella repite en esta nueva versión dirigida por Enrique Singer, Calva alterna. La escenografía planteada por Mario Marín muestra un universo oscuro, propicio para que la luz brote de los personajes conforme confrontan las complicaciones que van surgiendo. La propuesta de Marín remite a los cuentos clásicos donde el mundo maravilloso habita en armonía con uno más complejo, el espacio logra contener las muchas metáforas con las que Lebeau construye su texto.

Lebeau plantea un relato donde el conocerse a sí mismo y el enfrentarse a la naturaleza interior es el eje. Una de las primeras cosas que destaca es el uso del lenguaje, tanto en la voz de los personajes, que se construyen desde el decir y el hacer, como en el uso de los adjetivos, convierten la palabra en un mar de imágenes, de sensaciones. Las situaciones no son simples, son una avalancha de emociones, desde el apego mutuo que se tienen los personajes hasta esos pasajes donde la confrontación adquiere un matiz salvaje.

Arcelia Ramírez logra proyectar el entramado emotivo del personaje, lo coloca en una dimensión que rebasa la simplificación hacia su conducta y los motivos de ésta; las variantes y los matices son puntuales, tiene un dominio pleno, tanto en la voz como en la corporalidad.

El personaje de “Simón” lo alternan Alejandro Calva y Eugenio Bartilotti. La función presenciada se dio con Bartilotti. Lo relevante en su actuación está en la energía que le imprime al personaje, le da una textura que le permite encajarlo con naturalidad en el universo planteado, los momentos donde interactúa con Ramírez son bastante buenos. En la primera prueba que tiene que pasar, mantiene la calidad del personaje, sin embargo, en la segunda, se debilita, en parte porque el lobo (la forma en que se plantea) rompe el universo.

El ogrito bajo la dirección de Enrique Singer es una opción muy interesante para el público joven, la puesta en escena permite apreciar la alta calidad del texto, la propuesta visual es muy afortunada por la reminiscencia a los cuentos –universo que cobija muy bien a los personajes-, pero, sobre todo, porque es una propuesta sin concesiones, con una calidad en todos los campos y capaz de provocar la reflexión del espectador.

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