
Para conmemorar los 40 años del exilio argentino en México, Micaela Gramajo, heredera de dos exilios y de dos guerras, echa mano de sus recursos de creadora escénica para armar un espectáculo íntimo y colectivo sobre su familia, sobre su abuelo polaco y judío, sobre sus padres argentinos y judíos, y sobre ella, una mexicana nacida en Argentina, judía y artista. Junto a ella, su sobrino, el saxofonista Nicolás García Lieberman secunda los relatos que nos comparte. La voz de don Jaime en una vieja grabadora y la imagen de don Alberto en un gastado televisor, los acompañan.
Con este trabajo, la compañía Teatro Bola de Carne sigue explorando caminos y formas de explicarse el mundo o, al menos, nuestro pequeño entorno. Y lo hace sin pretensiones y desde una raíz histórica, social y personalísima que nos atañe a todos: el exilio no terminó en los setenta. Algún día alguien hablará –tal vez desde Estados Unidos o desde algún lugar de Europa– del exilio que ha implicado la guerra que actualmente se vive en este país. Por eso Micaela invita al público a colocar en un estante las fotografías de sus primos desaparecidos en la dictadura: todos llevamos un exilio a cuestas.
Bernardo Gamboa, Marco Norzagaray y la propia Micaela dirigen esta propuesta que se vale de poquísimos elementos para conmover –o inquietar por la falta de ficción– ante la evocación de los horrores de la guerra y ante la terquedad de la memoria. Más que teatro, se trata de un genuino documento sobre el cómo repercute la experiencia del exilio a través de las generaciones, sobre cómo se heredan el miedo, el rencor, la incertidumbre y la angustia, amén de la búsqueda de justicia, el anhelo del reencuentro con quien ya no está, el acto transgresor y necesario de matar a la derrota, como lo hacía el poeta.
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