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PEQUEÑOS ZORROS: Una exigencia a la máxima capacidad actoral



Pequeños Zorros_03

Fotos: Pili Pala, Teatro UNAM

Por Luis Santillán/ Teatro UNAM presenta Pequeños Zorros de Lillian Hellman en una versión libre de José María de Tavira y Luis de Tavira en el teatro Santa Catarina.

Luis de Tavira es un muy buen director de escena, sin embargo, su punto más débil es en la faceta de director de actores. Tiene la capacidad de crear imágenes poderosas, lograr variaciones rítmicas a partir del uso del espacio. La composición que crea, le permite momentos memorables y, quizá de manera hábil, convoca la mayoría de las veces actores extraordinarios; casi nada de eso existe en Pequeños zorros.

Alejandro Luna plantea una escenografía donde sólo tiene cabida lo concreto y literal, eso direcciona a la puesta en escena hacia un trabajo donde se exige al máximo la capacidad actoral. Y ante esa exigencia, Pequeños zorros naufraga; Tavira no es un director de actores y el elenco que convocó es sumamente desnivelado.

Arturo Ríos (con el personaje Ben Hubbard), Juan Carlos Vives (Óscar Hubbard) y Pedro de Tavira Egurrola (Leo Hubbard) hacen un muy buen trabajo; los momentos donde ellos están en escena solos son los mejor logrados, se escuchan, reaccionan, matizan. Cuando comparten la escena con el resto del reparto logran que el ritmo y los estados emotivos no se pierdan, pero cuando ninguno de los tres está en el escenario, lo que se ocurre va de lo regular a lo terrible.

El trabajo de Marisol Castillo (Addie) es una caricatura sin razón; ella ha mostrado mayor capacidad en otros trabajos, aquí su personaje es un cliché burdo. Con las mismas deficiencias está el personaje de José Antonio Becerril (Cal). No es en sí que los actores hagan un mal trabajo, lo que se les pide hacer no tiene equilibrio con el dispositivo escénico y el resto de la propuesta actoral.

Rodolfo Guerrero (Marshal) hace un trabajo cabal, proyecta al personaje para que pueda ser creíble las referencias que habrá de él en el transcurso de la obra. Stefanie Weiss (Regina Giddens) tiene momentos buenos y otros muy débiles; las confrontaciones de su personaje con los de Río o Vives son las mejores partes, pero cuando los estados emotivos lo deben vulnerar pierde mucho.

Lo inexplicable es porqué le dieron el personaje de Alejandra Giddens a Ana Clara Castañón K; su trabajo es muy deplorable; en ningún momento logra que los estados del personaje rebasen lo marcado; las partes donde lamenta los eventos son terribles; su “llanto”, su afección emocional es sumamente inverosímil; un trabajo que sólo puede ser comparado con la deficiente actividad que hacen algunas “actrices” de telenovela.

Quizá Luis de Tavira quiso ponerse a prueba con un montaje en el que, ante la propuesta de Luna, no tienen cabida las herramientas que suele emplear, pero los resultados son bastante pobres. Podría dar la impresión de estar ante una buena puesta en escena, sin embargo, la realidad es que se está ante tres muy buenos actores, una escenografía que avasalla, un vestuario (a cargo de Carlo Demichelis) muy cuidado y un alto nivel de producción (a cargo de Teatro UNAM).

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