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Ni muy allá ni muy acá pero cerquita, cabaret político



 

ni muy alla-IPor Luis Santillán/ Quizá una de las cualidades del cabaret es su inmediatez, no como defecto, sino como grado de exigencia para poder mantener “actualizado” y frescos los referentes con los cuales se trabaja. Una de las posibles distancias entre el teatro y el cabaret radica en que el primero puede tomar una noticia y transformarla en carne de escena rompiendo la dependencia de tiempo del suceso motor. Ni muy allá, ni muy acá pero cerquita se presenta como un espectáculo de cabaret, pero en su actual temporada padece del paso del tiempo, los sucesos motores son del 2014 y no se renueva el material. El espectáculo parece una capsula del tiempo mal lograda, si bien la estructura permite acomodar los referentes para alimentar la línea anecdótica estos no se enlazan con el tiempo de contexto. La gran mayoría de los “chistes” son viejos, desfasados y esto provoca la sensación de anquilosamiento. Es fácil imaginar que este espectáculo cuando tuvo su primera temporada habrá sido eficaz, ahora en el 2015, no lo es.

El espacio es burdo por la manera sucia y elemental en que se usa, poner los elementos de utilería en el piso en lugar de construir universo muestra desgano por parte del equipo, con la iluminación ocurre lo mismo. Da la impresión de que no hay deseos de usar las posibilidades de un foro como La gruta. El espacio, iluminación y calidad de la utilería están a la altura de un trabajo escénico hecho por un taller de teatro de baja calidad. El espacio real expone de manera descarada que el espectáculo no fue trabajado para llevar a cabo una temporada en ese recinto. Las buenas intenciones quedan ahogadas por la aparente decidía de quienes toman las decisiones creativas del proyecto.

Hay el crédito de “Diseño corporal” pero ante lo mostrado en escena es muy complicado imaginar –dado que no se ve- en qué radica el diseño a cargo de Jonathan Villeda Campa. El trabajo corporal del reparto no es fluido, ni limpio, se sostiene a partir de lugares comunes sin una aportación. Fabiola Rocha con su diseño de iluminación aplana las escenas, nunca estimula los sucesos, ni siquiera aspira a elevar la imagen de las actrices, provoca que el ojo se canse y uno tenga la sensación de que el espectáculo dure más de lo que realmente es. Entre los “creativos” sólo el trabajo de Rodrigo Muñoz aporta a la escena, con su vestuario enlaza a las actrices y se puede leer un concepto desarrollado.

En la función que se presenció las primeras canciones fueron turbias por problemas vocales, pero conforme la puesta se desarrolló las actrices lograron mejor calidad. Actoralmente hay carencias, quizá por los lugares comunes, la creación de personajes no sale de la zona de confort –donde la creación se da por el imaginario colectivo y no por una propuesta particular-y eso desdibuja mucho el trabajo de Itzel Lapizco, Berenice Nava, Ana Mungaray y Eunice Rocha; ellas tienen recursos que no son aprovechados para consolidar el trabajo colectivo, tan sólo queda en pinceladas. Destacan Itzel Lapizco y Berenice Nava y sería grato verlas en otro trabajo que les exija más. Marco Loredo se encarga de la música en vivo y permite que las variaciones musicales refresquen los sucesos de la escena.

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