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HAPPY: La tragedia de ser feliz



Por Mateo Monasterio/ En su exitoso montaje del monólogo Puras cosas maravillosas, Pablo Perroni hace reír y enternecer al espectador al abordar el tema de la depresión. En Happy, obra de Robert Caisley que dirige Angélica Rogel (El juego de la silla, La piel de venus), Perroni nuevamente arranca risas al público, pero estas son cada vez más incómodas, ahora con el tema de la represión.

Alfredo (Perroni) es un profesor universitario, que dejó atrás sus anhelos de ser un escritor famoso, para asentarse en una dinámica de apacible vida burguesa con su adorable esposa, Melinda (Yuriria del Valle, Dublín), criando ambos a una hija con necesidades especiales. Su existencia metódica experimenta un cambio, al presentarse a cenar un viernes por la noche en el loft de su íntimo amigo, Eduardo (Pablo Bracho, La gaviota), un artista plástico de renombre de quien ha sido amigo por más de una década. Ahí encuentra, prácticamente desnuda y a la defensiva, a Eva (Ana González Bello, Pulmones y María Penella, El hombre de la mancha; alternan funciones), una fille fatale que es la nueva novia de su amigo y que tiene una personalidad particular. Lo que devenga de este encuentro, cambiará drástica y brutalmente el destino de dos de los personajes, mientras que los otros dos habrán comprobado que su visión del mundo quizá no sea tan errónea.

El planteamiento de la obra es claramente cercano a obras del mismo tenor aunque distinta ejecución, como ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Albee), Funny Games (Haneke) o The shape of things (LaBute): una colisión espectacular entre el ordenado mundo burgués y el caótico mundo subterráneo y en este caso, el costo de la revelación de las verdades cuidadosamente maquilladas, puede ser demasiado alto e irreparable.

Bajo la dirección de Rogel, el ataque subrepticio a la felicidad a ultranza que Melinda y Alfredo han construido en su vida conyugal es eficaz y perturbador, sin perder ni un ápice del filoso humor negro que plantea el texto; los personajes son vulnerables (y vulnerados) de manera ridícula desde la primera escena. Alfredo es la primera víctima de un terrorista motorizado que deliberadamente pasa por charcos para empapar incautos (Melinda es otra víctima poco después), de ahí en adelante, la incomodidad de Alfredo ante la desinhibición calculada de Eva, es contagiosa; presenciamos un ejercicio de provocación pertinaz que no deja a nadie, ni personajes ni espectadores, indemnes.

En la pasada década, desde que protagonizara Hamelin, del español Juan Mayorga, Pablo Perroni ha demostrado que no solo es un actor y productor versátil y arriesgado; también dota a sus personajes de matices específicos, diferenciándose cada uno del anterior; así, pasa del joven casado que se convierte en un fantasma en Nerium Park (Josep María Miró) a ser un hombre patético y bondadoso que desesperadamente trata de convencerse a sí mismo de que existe la felicidad en una existencia mediocre; su Alfredo es el enlace con el espectador, para cuestionarse muchas de las doctrinas que de manera cotidiana se suelen abrazar para soportar los embates de la realidad: la felicidad como paliativo para el dolor intrínseco de la existencia. Perroni está formidable como un hombre que cae en la trampa y se desnuda, metafórica y literalmente para salir de ella.

Por su parte, Yuriria del Valle toma un personaje que en el texto podría ser desangelado y lo nutre con una vida interior rica en texturas; con un solo gesto silencioso, al momento de la más brutal revelación sobre su vida, consigue dar a la pieza la gravedad que necesita para impactarnos y no cae nunca en el exceso histérico que en manos de un director (o bien, directora) con menos colmillo, podría haber sucedido. Como Eduardo, el bohemio artista que tiene su propia agenda estética, Pablo Bracho es un ejemplo de control y restricción, hasta que llega el momento de mostrar la naturaleza maquiavélica de su personaje; para él solo existe una persona importante en el universo: él mismo, y Bracho consigue darle un barniz de bonhomía inquietante que lo hace casi simpático.

Eva es un caso particular: las dos actrices dan vertientes completamente distintas a un mismo personaje; de este modo, donde Penella — frágil, miniatura, de facciones inocentes y un aura casi adorable de niña buena, a primera vista— deja asomar una perversidad contrastante con su aspecto para conseguir un efecto perturbador en la sardónica interpretación de esta joven cínica, González Bello le da un cariz de mundo ya vivido, una sensualidad que bordea peligrosamente en lo desalmado; su Eva es una seductora natural que no tiene empachos en pisotear al otro para obtener satisfacción de sus actos crueles. Ambas coinciden, no obstante, en la lectura de Eva como un juguete roto que solo es capaz de ver el mundo que la rodea en esa óptica: roto. Y es por ello que, como un mecanismo explosivo, se dedica de manera perseverante a romper lo que la rodea para convertirlo en un holocausto.

Happy no es una comedia feliz. Es una comedia negra, ácida y amarga, pero notable. El texto trasciende sus propias debilidades, y Rogel las convierte en aciertos. La ambientación de Mauricio Ascensio es impecable y todo el equipo creativo contribuye a una experiencia catártica, inquietante y demoledora, que consigue a su vez ser divertida e hilarante, como un caramelo relleno de veneno que resulta irresistible llevarse a la boca.

Consulta precios y horarios de la obra, aquí.

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