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EXILIADOS: Una historia de intriga y un amor tóxico toma vida de nueva cuenta



 Por Saúl Campos/ Un día cualquiera se tornó sombrío en el matrimonio de Richard y Bertha. Cuando Robert y Beatrice han aparecido de nuevo para volver a sembrar la duda de la fidelidad entre la pareja. Una invitación indecorosa, una excusa para visitar a la familia y una declaración de libertad que tiene dejos de advertencia se mezclan para que la tensión no deje que los recuerdos y votos originales de la pareja surjan, sino las inseguridades de por medio.

Exiliados de James Joyce recibe un segundo montaje en México, desde aquella versión ochentera a cargo de Marta Luna que se volvió una leyenda para el teatro nacional. En esta ocasión bajo la batuta de Martín Acosta, esta historia de intriga y un amor tóxico en el aire toma vida de nueva cuenta.

La realidad es que la primer valía de este montaje reside naturalmente en su texto. Una narrativa llena de imágenes poderosas y personajes con psicologías profundas, son la mezcla perfecta para llevarnos por un tour de disertaciones y validaciones sobre los conceptos de la fidelidad y la confianza en la pareja.

Joyce entiende el punto de debilidad de una historia de amor en la ausencia de confianza, cuando esa duda penetra en una de las dos partes involucradas, se genera una herida que lejos de poder ser suturada, se agranda con velocidad ante la inclemencia del tiempo.

Es ahí donde otras oportunidades, como los sentimientos de terceros, pueden involucrarse para quebrar la relación, y basta con que uno ceda para que el camino no obtenga retorno.

Frente a la compleja teoría que propone el dramaturgo, la dirección de Acosta toma decisiones artísticas que si bien potencializan ciertas escenas, realmente aletargan el ritmo necesario para contar la historia, dando como resultado que la narrativa se sienta lenta y bastante densa en los momentos que requiere de mayor agilidad.

La cuestión de dirección arriba mencionada, causa una situación bastante curiosa entre los personajes. Y es que terminan por existir 3 tonos diferentes, lo cual imposibilita la química escénica y por ende demerita el trabajo de ciertos actores y evidencia las carencias de otros. Si a eso se le suma la falta de limpieza en el diseño escénico, parecería que sólo el texto podría salvarse, afortunadamente no es así.

Son Verónica Merchant y Pedro de Tavira Egurrola quienes logran llevar el barco a buen puerto, adentrados en la problemática principal de sus personajes y aislando el tono que la dirección propone sin dejar que se pierda ante otros factores. Una dupla que nos permite un contacto auténtico, crudo y sin concesiones ante las etapas de la desesperación amorosa, simplemente atrapantes.

Esta propuesta escénica se convierte en una obligación inmediata para entender el estilo del también escritor del clásico Ulises, así como para recibir una clase maestra de parte de Merchant y por qué no, evaluar cuánta confianza depositamos en quienes amamos y quizás también, en qué término de profundidad existe la duda en nuestras relaciones.

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