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EL ÚLTIMO TEATRO DEL MUNDO: En un mundo de gigantes



Por Saúl Campos/ Pina vive en un campo de lechugas, pero la vida de catarina no es precisamente algo que conlleve alegría, emociones o felicidad, es más bien comer y dormir. La vida del diminuto insecto se resuelve a cambiar drásticamente tras un sueño muy real, en el cual un hombre le indica que su vida puede alcanzar una plenitud más grande. Guiada por un boleto mágico, Pina emprenderá un viaje para hallar El Último Teatro Del Mundo, encontrando a su paso a varios personajes que le ayudarán en el camino.

Estrictamente, una catarina es un insecto coleóptero de la superfamilia Cucojoidea, pero esta es la historia de una catarina muy particular, que revolucionó el concepto de teatro musical mexicano, su nombre es Pina y vive en El Último Teatro Del Mundo, obra de José Manuel López Velarde que vuelve triunfante a gozar de una tercer temporada en el Teatro El Galeón del Centro Cultural del Bosque.

A través de un musical con una esencia envolvente y mágica, López Velarde entra en el papel del novio enamorado y le escribe la carta de amor más bella que se pueda al Teatro. Bajo la influencia de títulos como Peter and the Starcatcher e inevitablemente el aura musical de Stephen Sondeheim; el también director propone una historia inmersa en el realismo mágico, que sirve para proyectar la misma complicidad que el aparato teatral permite entregar cuando se es parte de él.

Dentro de esta obra todo se transforma ante los ojos del espectador para mostrar el camino al escenario a través de ingeniosas metáforas con momentos de total sentido físico. El personaje principal expone al oficio teatral como un trabajo en equipo necesario para poder lograr la magia de romper una cuarta pared y recibir un aplauso honesto por parte del público; esta búsqueda se torna en los resultados obtenidos, mostrando un panorama enternecedor e invaluable, ¿finalmente los teatreros no son vistos como bichos raros?

Hay dos formas de vivir esta puesta en escena, como gente de teatro y como un espectador ajeno al mundo de los escenarios. Para los primeros no sólo es una constante caricia al alma sobre cómo se llegó y porqué se está ahí, sino que afirma la convicción de verse inmiscuido en la labor de contar historias desde cualquier arista que esta necesite.
Más es para el espectador común donde la obra toma una valía aún mayor al extender un puente de comunicación innegable que invita a continuar frecuentando este arte, apasionarse de él para entenderlo en plenitud, no sólo como un medio de entretenimiento, sino como la disciplina artística más completa que otorga el poder de desarrollar a un ser humano en frente de un público de adentro hacia afuera y contagiar esa vitalidad.

El texto de López Velarde y las letras encuentran un firme camino que poderosamente deja claro el sendero a seguir; en un tono tan amigable como realista, se aparta de sistemas moralinos para dar totalidad exposición a riesgos, oscuros y balances, siendo un logro dramatúrgico alto, en unión a la sensibilidad musical de Iker Madrid que va dando vida y forme acorde con acorde a un tejido musical con ritmo y cadencia que decretan una identidad y sabor propios, además de contagiosos.

Teniendo ya un esqueleto, las vestiduras que dan el músculo a la propuesta residen en un equipo actoral que da el todo para interpretar cada palabra con los colores correctos. Mauricio Hernández, con una impresionante capacidad de reinvención escénica; Marco Paredes logra llevar claramente un hilo lógico a todo; Pablo Rodríguez ejecuta delicadamente la música de acompañamiento; Paloma Hoyos, con una naturalidad y gracia tan magnas que prescinden de palabras al consagrarse en movimiento y formas; e Iker Madrid, orquestando con sutileza la armonía general.

Inevitablemente el tejido se diseña para hacer que la protagonista de la obra salga victoriosa y resaltando notoriamente. Paloma Cordero sostiene una calidad y entrega actoral que trasciende más allá de la seguridad de sus notas y la capacidad para desdoblarse actoral y vocalmente, este es el ejemplo de una actriz íntegra que refleja la misma pasión por lograr ser vista en un mundo de gigantes de su personaje, lejos de actuar es un placer verla vivir.

La escenografía, objetos, títeres y artefactos llevados a la realidad por López Velarde, Iker Vicente y Roberto Revilla, así como el vestuario de Jerildy Bosch y la iluminación de Sebastián Solórzano son simplemente impresionantes, dedicados, minuciosos y poéticamente perfectos.

Se puede decir mucho más de esta magnífica propuesta, aunque con decir que tiene el poder de atraer a la gente al teatro y enamorarla se dice todo. El Último Teatro Del Mundo es el musical mexicano original que marca la pauta e incita a replicar dicha majestuosidad, pero sobre todo a, como Pina, luchar fuerte por lo que se quiere, siendo fiel, auténtico y muy ingenioso.

Consulta precios y horarios de la obra, aquí.

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